Relatado por Javier Herrero
Estamos en la sala de la tele María, Ángeles, Santiago y yo. Santi y Ángeles están como distanciados. Apenas se han dicho un hola y cada uno a lo suyo. No sé qué les pasará. Además Ángeles ha venido con heridas y sangre en la cara y moratones por el cuerpo. Lo que se ve a simple vista. María y yo nos miramos. Nuestras miradas son de mucha complicidad. Ya sabemos lo que tenemos que hacer. María se levanta y se acerca a Ángeles, yo me acerco donde Santi. Le pongo el brazo por encima de los hombros. Se gira y me mira. Tiene la mirada triste.
-¿Qué te pasa, tío? ¿Qué pasa con Ángeles?-Javi.
Echa un vistazo donde están Ángeles y María hablando. Echo un rápido vistazo y veo que María la está consolando porque está llorando.
-¿Por qué lo hago todo mal? Cuando parece que va todo genial, hay algo que lo estropea. Y ahora no sé que ha sido-Santi me cuenta todo esto mirando a Ángeles.
-¿Y sabes lo que le ha pasado a ella?-le pregunto por sus heridas y moratones.
-No tengo ni idea. ¡Yo no sé lo hice!-me dice Santi enfadado.
-Yo no he dicho eso...-digo cortado.
-Pero lo piensas que es peor... Como todos... Pensáis que yo la he pegado y por eso no nos hablamos-Santi.
-Pues cuéntame qué ha pasado para que hayáis llegado a esta situación-le pido a Santi.
Echa una última mirada a Ángeles y me mira. Ya estamos frente a frente. Que lo que me tenga que contar, aquí estaré para escucharle e intentar ayudarle con lo que sea. Porque eso hacen los verdaderos amigos. Me empieza a contar lo que pasó en Madrid, en casa de la madre de Ángeles. A cada palabra me voy quedando más atónito. Pero alguna razón tendría Ángeles para irse así. No sé, María sabrá qué decirle. Ahora mismo está hablando con ella y es buena aconsejando. Es como la madre de todo. A veces parece hasta la mía. Ella pone la cordura pero también el humor a nuestra relación. Me termina de contar todo lo que lleva dentro y le doy un abrazo. No soy muy bueno para esto de los consejos. Pero que sepa que puede apoyarse en mí y que puede contar conmigo.
Relatado por Ángeles Muñoz
María viene a hablar conmigo. Quiere que le cuente que nos pasa a Santi y a mí porque nos nota raros. La verdad es que no sé ni qué me pasa a mí. Debería ser la mujer más feliz del mundo porque el chico que más quiero me ha pedido matrimonio, pero en lugar de eso huyo. Me fui corriendo por miedo a represalias de su mujer o a que vuelva con ella. Y por la calle, cuando iba sin mirar, distraída, me choqué con alguien que resultó ser mi ex. Me pidió que volviese con él y le dije que no. Se puso hecho una fiera y empezó a insultarme y a pegarme. Yo no era capaz de defenderme y no pasaba nadie para pedir ayuda. Así que cuando se cansó y se fue, me quedé en el suelo tumbada. No tenía fuerzas para levantarme y me dolía todo el cuerpo. Empiezo a llorar recordando todo lo sucedido. María me acaricia el pelo y me abraza.
-Tú desahógate todo lo que tengas que desahogarte, mi niña. Aquí estoy yo-me dice María en el abrazo.
¿Qué sería yo sin María, sin mi agüela como yo la llamo? Ahora mismo estaría llorando por las esquinas sin dirigirme a Santi.
-¿Es que sabes lo que pasa, agüela?-Ángeles.
-Dime, mi niña-María.
Me separo en el abrazo para mirarla a los ojos.
-Que creo que me da miedo el compromiso, me da miedo a que esta vez salga mal de nuevo, a que Santi sea como él con el tiempo...-Ángeles.
-Eso no va a pasar nunca. Él no es así. Él te ama demasiado como para hacerte daño y creo que deberíais hablarlo y solucionarlo. No podéis estar así por una tontería-me aconseja María.
-Tienes razón-saco una sonrisa, la primera sincera de este día.
-¡Así me gusta, mi niña! Que sonrías y que nadie te la quite jamás. El que te haga daño se tendrá que enfrentar a mí cabreada. Y juro que no le gustaría a nadie verme cabreada-María.
-Gracias-le digo con la sonrisa puesta.
-¿Gracias por qué?-María.
-Por lo que haces por mí, por estar ahí para todo-Ángeles.
-¿Tú estás tonta o qué? Voy a quitar esa palabra del diccionario. ¿Tienes el teléfono de la RAE?-María.
María consigue hacerme reír y la abrazo. Esta vez yo para agradecerle, sin palabras, todo lo que ha hecho por mí.
-¡Y ahora a hablar con el novio, niña!-me dice María con una sonrisa y guiñándome el ojo.
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